coloqué la almohada sobre mi cuerpo.
La abracé tan estrechamente
que hasta me pareció sentirle latidos por dentro.
Yo no sabía que las almohadas tienen corazón.
Anoche,
abarcando su ternura entre mis piernas
le fui musitando mis silencios,
se invadió de ellos el aire que nos separaba,
zozobraba inquieto por nuestros costados.
tan estrecho se hizo el contacto…
Anoche,
abrazada a mi almohada
entre el jergón y ella jadeaba un desconsuelo.
Anoche, mientras me comía mi almohada a besos,
bajo su leve peso creí morir de soledad.
Yo desconocía que las almohadas consuelan y aman
como nadie en este mundo.
