Fue en las calles de Sevilla
un abril de primavera,
cuando al paso me saliste
de camino hacia la feria.
¿No tienes novio muchacha?
Me preguntaste altanero
y fue entonces que unos ojos
bajo el ala de un sombrero
se clavaron en mi alma
prendiendo en llamas mi cuerpo.
Y yo, que aún era niña,
y tú, maduros requiebros;
los olores de Triana,
las estrellas, su lucero,
el río Guadalquivir
aguas claras pa mis sueños.
Así toíta la noche,
un clavel de mi vestío
desprendió de mi volante
queriendo saciar tu estío.
¡Convirtiéndote en mi sombra
y yo sin querer mirarte!
Esos ojos, ¡virgen mía!
esos ojos y esas canas.
No había por to sevilla
muchacho que te igualara.
Cada día en mi balcón
ir y venir tus pisadas.
Tu silueta, tu sombra,
¡esa estampa agitanada!
Ya no creció en mi verea
ni las hierbas ni las frondas,
marchitas fueron muriendo
tanto pisar de tus botas.
Y pasó que un día en la fragua
bajo el calor de Vulcano,
en pasiones enredaos
puse mi flor en tus manos.
Apagó para nosotros,
García Lorca faroles.
Se encendieron aquel día
los grillos en mis balcones.
Convirtiéndote en mi sombra
y sin dejar de mirarte...
convirtiéndome en tu sombra,
¡convirtiéndome en tu amante!
